Espejito, espejito…

Mira, solamente quiere tomarte el pelo.

Mira cómo te remeda para molestarte.

Mira cómo quiere solamente salirse con la suya.

Mira cómo no entiende cuando le dices lo que necesitas.

Mira cómo tienes que repetirle lo mismo mil veces.

Mira que solamente hace lo que quiere.

Mira cómo hace la rabieta hasta que consigue su objetivo.

Mira cómo trata de cambiarte el tema como si fueras tontx.

Mira cómo intenta distraerte haciendo alguna tontería para que te olvides de lo que le estás pidiendo.

Mira cómo grita.

Mira cómo no escucha.

Mira cómo quiere estar todo el rato pegadx de la pantalla.

Mira cómo deja la comida.

Mira cómo ensucia todo.

Mira cómo deja todo desordenado…

 

¿Qué? ¿Piensan que estoy hablando de algún/a niñx? 

Ah, pues no! Más bien hablo con un niño de algún/a adultx al azar. 

¿A que sí?


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La bendita capacidad de indignarse

Hace unos días tuve la desagradable experiencia de que un tipejo de poca monta, así sin más, comenzara a grabarnos en video a mis hijxs y a mí. Así nada más, porque le sale de los huevos. Se fue acercando hasta quedar a un paso de distancia y, “discretamente”, nos grababa (discretamente para alguien que tenga el instinto Y la paranoia anestesiados, combinación que no aplica en mi caso).


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Supongo que va grabando niñxs por la vida para masturbarse mientras ve sus fotos y videos o para venderlos o intercambiarlos con gente de costumbres similares, no lo sé, lo supongo, no conozco ese “mundillo” y quiero creer que no nos espía específicamente a nosotrxs con intenciones de secuestrar a alguien o algo similar, aunque me queda claro que también podría ser, no sería el primer vándalo de ese tipo. Lo que sí me queda claro es que una persona con un poco de respeto, decencia, sentido común y, sobre todo, buenas intenciones, jamás haría algo así y con esa actitud.

Francamente, no sé qué es lo que más me cabrea y me decepciona de toda esta situación:

– que exista ese tipo de vándalos de camisa planchada;

– que te roben la tranquilidad de pasear con tus chiquillxs en un pueblillo bicicletero de unos 12,000 habitantes ubicado en un país que se autonombra desarrollado;

– que, cuando vas a denunciarlos, el cuartel de la policía esté cerrada porque su horario es de lunes a viernes de 9:00-16:30 con fines de semana cerrado;

– que tus contactos en las redes sociales, especialmente los cercanos a la localidad se queden impasibles;

– que no falte quien cuestione “¿cómo sabes que estaba grabándoles a ustedes?” como si yo hubiera mandado hacer el vídeo en un estudio de grabación;

– que con todo el movimiento que trajo la difusión del video de dicho ejemplar, te enteres de que existe una “asociación neerlandesa que trabaja por la aceptación de las relaciones sexuales entre adultos y niños“;

– que leas sobre el tema y te enteres de que no es la única en el mundo.

La verdad es que, todo junto, sí cabrea y mucho. Toda esta situación me habla de una sociedad anestesiada, donde parecemos haber naturalizado este tipo de violencias a tal grado, que ya no conseguimos ni siquiera indignarnos, como si fuera una falta inofensiva: “Huy, qué mala onda”, caritas tristes,  silencios…

Me tocó a mí ser la mensajera, estos males existen y nada ganamos con mirar para otro lado, lo único que conseguimos es que esa gentuza siga viviendo en la impunidad, paseándose a sus anchas con sus bermuditas bien planchadas y sus cigarrillos e imagen “de señor decente”. Ahí está, es un suceso real, no creo, ni de broma, que sea un hecho aislado, los depredadores están al acecho, atacan en el lugar menos esperado, en los momentos en que intentamos relajarnos y disfrutar un rato con nuestra familia. Es real. Existe. Abran los ojos. ¡Tengan cuidado!

La denuncia se hizo en línea, la policía confirmó, vía electrónica, haberla recibido junto con las fotos y videos de 360° que hice del tipejo mientras nos grababa, esperaremos esta semana para volver a contactarles si no lo hacen ellxs antes.

Quiero agradecer a las personas que no están emocionalmente anestesiadas, a todas esas personas que se indignan cuando leen noticias desagradables, a las que sienten esa indignación en el cuerpo aunque el mal no se los hayan hecho directamente a ellxs, a las que levantan la voz ante las injusticias de todos los tamaños, a las que alientan a lxs cobardes que trabajan arduamente para recuperar su bravura y defenderse ante situaciones violentas y/o injustas, a las que no tienen miedo de mirar lo que hay e incluso involucrarse en la búsqueda de soluciones, a las que sienten y saben con certeza que necesitamos rehacer este mundo y, con sus acciones cotidianas, lo hacen: ¡GRACIAS!

 

La escolarización de nuestras vidas.


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¿Por qué asumimos la escolarización de todxs lxs niñxs como LA opción?

¿Por qué debería suponer que es mejor que una niña de 5 años se levante cuando lo decide quien haya decidido la hora de entrada a las escuelas, a que se levante a la hora en la que ya se sienta descansada?

¿Por qué deberían sus hermanxs menores entender que deben despertarse también todavía con sueño, para llevar a su hermanx mayor a la escuela?

Y, ¿por qué debería interrumpir más tarde también su siesta para ir por el/la mayor a la escuela?

¿Para qué querría que, desde la más tierna infancia, mis hijxs se convirtieran en neuróticxs del reloj?

¿Por qué debería creer que en una escuela sí educarán a mis hijxs mientras que en casa ellxs solamente______________________? (Ni siquiera se me ocurre qué pueden pensar que las madres y los padres hacemos antes de la edad escolar, y que no se llama educación).

¿Cómo se decide la edad a la que deberían empezar a ir a la escuela (que no a recibir educación) todxs lxs niñxs de un país? ¿Por qué a los 5 años, por ejemplo y no a los 4 y medio? ¿Por qué no a los 6, a los 7 o los 10?

¿A honras de qué, una tercera persona (o instancia) asume el derecho (que no tiene) de decidir aquello en lo que todxs lxs niñxs de un país deben invertir (o perder) su valiosísimo e irrecuperable tiempo?

¿Por qué todxs lxs niñxs de 6 años usan su tiempo “aprendiendo” los mismos contenidos? Y, todxs los de 7 años. Y los de 8, etc.

¿Por qué debería admitir que, necesariamente, un/a profesor/a (a veces sin vocación) que no conoce de nada a mis hijxs está mejor cualificadx que yo para acompañar y guiar su desarrollo?

¿Por qué debería aceptar que le eduque con sus valores y les trasmita sus neurosis a mis hijxs?

¿Con qué derecho, algunos países, legislan la obligatoriedad de dejar al Estado hacerse cargo de la educación de NUESTRXS HIJXS? A lxs míxs, a lxs tuyxs, a lxs de la vecina…

¿Por qué el derecho a recibir educación se ha tergiversado en la obligatoriedad de pasar tiempo, físicamente, en una escuela?

¿Por qué padres y madres aceptamos pasivamente todo lo anterior como si no se tratara de vidas humanas, de nada más y nada menos que las vidas de nuestrxs hijxs?

¿Por qué actuamos de “policías del sistema” cuando algunas familias se atreven a cuestionar todo lo anterior y a actuar en consecuencia con sus propios valores y filosofías de vida?

¿Por qué algunas personas asumen que, como escolarizar es una buena opción para su familia, debería serlo para todas?

¿Por qué habría de confiar en un sistema educativo que no muestra humanidad en absoluto?

Hoy tocó una de preguntas, sí. Hoy, como habitualmente, tengo más preguntas que respuestas. 

 

Cuando dar la teta duele

Dedico esta publicación a Nancy, para desearles a ella y a su bebé, que está en camino,  una feliz, apoyada y exitosa lactancia.

Y a la madre desinformada y carente de apoyo que fui, para que pueda ir sanando. 

Y a mi hija, mi maestra por excelencia.


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Hay lactancias muy dulces, exitosas y libres de sobresaltos de las cuales no puedo sino alegrarme; tengo la esperanza de que sean cada vez más hasta llegar al punto de que, lactancias con resultados diferentes sean una excepción.

También hay lactancias que, tras sortear ciertos obstáculos, casi siempre sociales, se imponen y, con algo de apoyo y ayuda, llegan a buen término, dejando un gusto de satisfacción para la madre.

Y hay también diversos tipos de lactancias que nunca conocieron el desenlace que la madre tanto deseaba:

-Hay la lactancia que fluía perfectamente hasta el terrible momento en que algún personaje intencionado (he suprimido el “bien” previo porque me ha parecido falso) ha hecho algún comentario a la madre para avergonzarla o llenarla de culpas al respecto.

-Hay la lactancia que nunca fluyó porque a la madre le dijo ¡una asesora de lactancia! ante la primera dificultad: “déjalo, de todas maneras es muy difícil amamantar gemelos”.

-Y aquella en la que el marido dice: “yo no te quiero ver sufrir, por mí démosle biberón”.

-Y aquella en la que los “profesionales” de la salud aconsejaron a la madre “complementar” con fórmula porque su bebé no crecía a la velocidad “esperada”, aunque llevara un ritmo sano de crecimiento, es decir, no había peligro.

¿Cuántas historias como estas habrá? ¿Con qué dolores cargarán las madres que deseaban amamantar a sus bebés y se toparon con esas realidades? ¿Cuánto tardan en sanar esa herida? ¿A quién le importa, después de todo?

¡Pues a mí! A ellas. A nosotras.

A este último tipo de lactancias, las fallidas, las frustradas, me parece que es necesario visibilizarlas por dos importantes razones: 

1a. Porque dejan herida y las heridas no sanas solas, hay que mirarlas, hay que atenderlas, hay que ayudarlas a sanar.

2a. Porque el silencio de las madres que han pasado por ese camino no ayuda, en absoluto, a evitar que otras madres sufran sus propias lactancias.

Y por ello, hoy, les doy este lugar, deseando que ninguna otra madre pase por la enorme tristeza de una lactancia deseada y fallida. Solamente nosotras sabemos el dolor que queda.

Y es que las lactancias exitosas son un gran recurso didáctico, especialmente cuando las puedes ver en vivo y en directo, hacer preguntas. Y las lactancias frustradas son también otro tipo de recurso para aprender de los errores propios o ajenos.

Una cosa que me habría gustado tener clara en mi primera lactancia, es que la lactancia puede ser miel sobre hojuelas. Y también puede no serlo. Como madre primeriza creí que solamente con desearlo era bastante, no sabía que las cosas podrían no ir como yo lo planeaba. ¡Después de todo, todas hablaban de lo maravilloso de la experiencia! 

Creo que las mamás primerizas necesitan saber que sus cuerpos son perfectos, que sus bebés son perfectos y que, salvo en casos muy particulares y en extremo poco frecuentes, Mamá Naturaleza ya se ha ocupado de la alimentación de sus bebés por un gran periodo de tiempo. 

Y  que, debido a la escasez de modelos de lactancia materna que experimentamos en nuestros tiempos, es difícil tener una idea de lo que esta realmente es. Desde el embarazo de mi hija a hoy, han pasado más de 5 años. Es el tiempo en el que más atención he puesto a madres, bebés y familias a mi alrededor. En mi contexto, en todo ese tiempo he visto a 3 madres dar la teta en total. ¡Nos faltan modelos! (Por eso ¡GRACIAS! a todas las madres que dan la teta en público! ¡Benditas ustedes y sus bebés!)

Y también creo que es importante que sepan que, a la hora de la verdad, todo es posible: Que no sepan cómo acercar a su bebé a la teta, que su bebé tenga frenillo, que estén demasiado estresada, que sus visitas les estorben, que no fluyan en medio de tantas voces, ruidos y opiniones…

Y creo que conviene estar preparadas para todo. Y para todo no significa prepararse para no tener éxito, sino prepararse para tenerlo aunque se tenga que sortear algunas dificultades que podrían (aunque a nadie se las deseo) aparecer.

Cuando estaba embarazada de mi hija, leí cuanto se me puso enfrente (ahora sé que no fue suficiente ni eran las mejores fuentes): la lactancia es mágica, la lactancia es una maravilla, la lactancia es corazoncitos rosas con brillos flotando alrededor de la mamá cuando su bebé toma la teta, la lactancia es todo lo bonito que se te ocurra intensificado por dos: mamá y bebé, etc. Pues mira que cuando mi nena nació, armada yo, mentalmente, con toda la dulzura, el amor, el deseo y los brillantes corazones flotantes, no fui capaz de conseguir un enganche que no me agrietara los pezones. 

Lloraba cada vez que mi chiquita tenía hambre, nunca supe si lloraba más por ella o por mí. Rodeada de incompetentes (no sólo en materia de lactancia materna, sino también en materia de emociones) que no soportaban mi llanto, nos dieron un biberón para que yo por fin callara. Sin red social, en país nuevo, sin dominio del idioma local… ¡Novata en todo!

Con mi hijo pequeño me juré a mí misma que nadie me lo estropearía y, lo primero que hice fue permanecer lejos de toda compañía que interfiriera con mi objetivo de dar la teta. Las dos personas adultas cercanas que me acompañaron en el parto y puerperio lo tenían muy claro porque me encargué de que así fuera: “¡Voy a dar la teta! Si se me agrietan los pezones, si lloro, si no funciona a la primera: ¡Voy a dar la teta!” Lo supieron siempre y lo respetaron, mi amiga Mariana me apoyó mucho emocionalmente. Segundo, tener a la mano el teléfono de una asesora de lactancia certificada, así me aseguraba de que, si se presentaba alguna dificultad, yo recibiría la asesoría de y sólo de una persona cualificada para hacerlo.

Mi pequeñín decidió nacer alrededor de la 1:30 de la tarde y, para la noche, yo ya tenía los pezones bastante magullados… ¡Otra vez! Pues lo que hice fue encerrarme en el dormitorio con mi hijo recién nacido y sentenciar: “No pienso ver a nadie ajenx a esta casa hasta que venga la asesora de lactancia. Mi prioridad en este momento es establecer la lactancia.” Recibimos su visita la tarde siguiente del nacimiento de mi bebé.

¿Sabes cuál fue la gran diferencia, en mi caso, además de escoger con más sabiduría a las personas que me acompañarían en este trascendental momento? El conocimiento. La certeza de que cualquier cosa podría pasar y de que no todas las lactancias son miel sobre hojuelas. Eso me ayudó a estar preparada para todo y actuar consecuentemente con mis objetivos en el momento que fue necesario.

La asesora de lactancia lo que hizo fue, principalmente, regresarme  mi confianza: lo estábamos haciendo bien. Solamente había un par de tips que podrían ayudarnos* y ella estaba ahí para ayudarme a conseguir mi objetivo. Yo podía llamarla tantas veces como necesitara, para conseguir establecer la lactancia. Eso me ayudó mucho, alguien que respetaba mi deseo y que sabía cómo ayudarme a alcanzarlo.

Aún con todos los nuevos aprendizajes y cambios de estrategia, el dolor siguió en mis pezones por algunas semanas más para descubrir, maravillada, después de un tiempo, que dar la teta  ¡por fin, ya no me dolía!, entonces pude disfrutar y fluir con la experiencia. El dolor de esta lactancia se había ido y, lo más importante de todo, jamás se había llegado a instalar en mi corazón.

 

 

*Los útiles tips de la asesora de lactancia fueron:

– Esperar a que mi bebé abriera más la boca (como si fuese a morder una manzana, fueron las  iluminadoras palabras) antes de darle la teta. Me costó trabajo porque no quería hacerlo esperar mucho tiempo, me parecía que lo estaba haciendo sufrir en vano así que tuve que asimilar que, esperar un poquito más era necesario para conseguir un buen agarre.

– Darme de protectores de gel para evitar el roce con la ropa, ayudando así a que los pezones se recuperaran más pronto.

Y algo más que “descubrí” con mi hijo en el camino y que lo cambió todo, fue que era mejor dejar que él “se enganchara” a la teta y no que yo intentara dársela metiéndole yo el pezón en la boca. (No sé de dónde habré sacado esa idea de meterles yo el pezón pero definitivamente fue muy mala idea).

 

La teta y mis motivos

Con frecuencia leo a mujeres que afirman dar la teta porque es un acto de amor, un acontecimiento mágico, un espacio maravilloso de conexión con sus bebés y otras dulzuras similares. También las hay que se ciñen a los argumentos científicos y dan la teta debido a sus propiedades nutritivas, protectoras, etc. Y hay, desde luego, quien la da por todo lo anterior y por más. Aunque lo he experimentado también así en momentos muy puntuales de la lactancia, cuando cojo esa pregunta lanzada a la red, no puedo responder que las anteriores sean mis razones principales. Cuestión de individualidades.

Para mí, dar la teta es un acto revolucionario.  Cuando el mercado está inundado de chupones, biberones y leches “maternizadas” de todos los colores, tamaños, marcas y diseños; cuando tantos sectores comerciales osan indicarme la inmensa cantidad de artefactos que necesito para alimentar a mis hijxs; cuando la barbarie capitalista emplea todos sus recursos en intentar convencerme de que la leche “maternizada” es una excelente opción, yo alimento a mi hijo con la teta. (No necesito nada más, ¡¿te enteras?!)

Para mí, dar la teta es también un acto de rebelión. En un mundo donde todxs se sienten con el derecho y la sapiencia de dictaminar lo que yo puedo o no, lo que yo debo o no, lo que se espera o no que haga, yo simplemente doy la teta. Cuando hace falta, donde hace falta. Lo mismo sentada en una banqueta en la mitad de mi camino a casa que en un acotamiento el plena autopista. (Resulta que lxs bebés no entienden lo de ser “inoportunx” ni eso de que “ya casi estamos en casa”).

Para mí, dar la teta es una manifestación de poder.  En una sociedad misógina en la que continuamente se devalúa y pone en duda el valor, el alcance y la capacidad de las mujeres, en un mundo en el que se nos relega al papel de cenicientas incapaces de valernos por nosotras mismas y necesitadas de protección (¡qué esperanzas de que nosotras pudiéramos proteger a alguien!), en un mundo en el que la ciencia patriarcalizada se esfuerza por demostrarnos todas las cosas que nosotras no podemos hacer, todas las funciones naturales que tenemos “atrofiadas” u olvidadas, yo saco la teta y alimento a mi hijo así nada más: pudiendo.

Para mí, dar la teta es, además, un acto político. En un contexto en el que el cuerpo de las mujeres queda reducido al papel de satisfactor de necesidades del varón-adulto; donde es bien visto exhibir las tetas para vender; donde es normal mostrar las tetas si estas son rígidas, redondas y casi tocan el pescuezo, pero nos escandalizamos de ver escenas de tetas y bebés tomando la leche que éstas producen, las censuramos y denunciamos, yo saco mi teta asimétrica, colgante, fláccida, nutritiva y alimento a mi hijo.

No cedo a las presiones “bien intencionadas” de la mujer que pregunta a la orilla de la pista de hielo: “¡¿No tiene frío?!” Ni a los comentarios más cargados de prejuicio que de ciencia del respetable médico que me advierte que estoy “matando de hambre” a mi bebé de casi un año, mejillas coloradas, 12 kilos y 80 cm. No, no cedo.

La única presión a la que instintiva e instantáneamente obedezco es a la de un niño pequeño que confía en mí para resolver su necesitad inmediata e inaplazable; al principio de nuestra relación, con llanto, ahora con palabras: “¡teta, vol, mami!” (teta por favor, mami) cargadas, a veces, de una prisa ansiosa que me hace responder de la manera más animal e inmediata posible y, otras veces, cargadas de una ternura que me hace obviar el hecho de que me esté despertando por tercera vez en una misma noche.

Sí, es verdad, la leche materna es lo máximo en  nutrición para mi hijo. 

Y sí, a veces me maravillo contemplando la perfección de la obra de ingeniería avanzada que es mi cuerpo.

Y me encanta la sencillez con la que puedo resolver algunas necesidades de mi pequeño.

Y sobre todo: Sí, confío en mi cuerpo y en su capacidad de nutrir a mi hijo así, sin artificios, él y yo, nada más. Sin horarios, sin lugar fijo, sin equipo especial, sin plazos, sin la autorización de nadie y con tantos obstáculos, pronósticos y prejuicios en contra.  ¡Porque puedo y porque me da la gana!


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Que dar la teta huela a teta; a leche, mamá y bebé


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El 1º de agosto inició la celebración de la Semana Mundial de la Lactancia Materna, una causa que es necesario reivindicar y volver a poner en las manos (y en las tetas?) de aquellas (y únicamente de aquellas) a quienes pertenece: a las madres.

Porque, para no variar, ha sido un robo más perpetrado por el de siempre: el patriarcado, en su división capitalismo, dejándonos con muchas muertes, problemas y vicios.

Para quien tenga curiosidad sobre el tema de las muertes, solamente hay que poner en el buscador “muertes bebés pobreza Nestlé” y éste arrojará resultados para leer durante un buen rato. Por ahora me enfocaré en un vicio que igualmente importante, afecta al tema: a la lactancia materna le voy encontrando tufo a patriarcado. Me explico, antes de que se le caiga el pelo a alguien:

Somos muchas las mujeres que ya no nos tragamos más la idea de que hay que dar un biberón para “liberarnos” (y atarnos a un empleo). Tampoco nos creemos que nos veremos menos “pueblerinas” (¡¿?!) dando un biberón o que seremos mucho más modernas, o más humildes por dejarnos “ayudar”. Tampoco nos importa que nos comparen con vacas (en mi caso, además, porque prefiero parecerme a una hermana vaca que según a que espécimen humano) y nos asumimos como mamíferas, animales, salvajes. Es más, las lobas, perras, gatas, vacas, cabras llegan a ser nuestra inspiración, nuestros animales totémicos a la hora de parir, nutrir y maternar a nuestras crías.

Eso suena todo positivo, verdad? Dónde está el tufo a patriarcado, entonces? Aaaaaah, pues en la obligación! Sí, en la supuesta obligación de dar la teta. Y ojo, mucha atención: yo me considero lactivista, mi hijo toma la teta y la seguirá tomando hasta que algunx de lxs dos diga basta; sufrí muchísimo y aún a veces lo hago, cuando la lactancia con mi hija fue un rotundo “fracaso” (creo que debería escribir “aprendizaje” pero a veces aún tengo la sensación de que fue un fracaso); estoy convencida de que la lactancia materna es el plan de alimentación perfecto creado por Mamá Naturaleza para nuestrxs hijxs. Peeeero… De eso a que se imponga y se haga un deber, hay mucho trecho.

Por qué? Porque somos hijas del patriarcado, solamente por eso y por ende, estamos contaminadas de ideas equivocadas sobre nuestros cuerpos, nuestras habilidades y capacidades. Y porque exigirle a una mujer, cuando deviene madre, que confíe en su cuerpo y en la perfecta ingeniería con la que ha sido equipado cuando toda la vida le ha sido sembrado el desconocimiento, desinterés y desconfianza en su cuerpo y en su persona en general, me parece un tremendo absurdo, una exigencia improcedente e injusta. 

Porque la lactancia materna está prevista como algo que naturalmente ha de fluir, como fluye con la leona o la elefanta (salvo que ellas no están contaminadas culturalmente); también ha de ser algo que se sienta bien hacer, tanto para bebé como para mamá, no algo que tenemos que hacer para no sentirnos culpables, egoístas o “malas madres”, que eso, de natural, no tiene nada. No es una norma más que debemos cumplir para pertenecer al club de las “súper mamás” o ser aprobada por cualquier otro grupo, sino algo que podemos hacer con la información y el apoyo correctos, si así lo deseamos. Es la opción ideal? Pues sí, pero no  seríamos menos madres si eligiéramos algo diferente (las que no lo elegimos, sino que no nos quedó de otra, o así lo vivimos en aquel momento, somos tema aparte).

La recuperación de la lactancia materna como espacio exclusivo de las madres se dará, desde mi punto de vista, únicamente en la medida en que contagiemos a otras madres con una actitud positiva, respetuosa y empática, no desde la coerción, la culpa y el miedo, que son estrategias patriarcales (y bajas). Recuperar este espacio (de poder) es de un amplio beneficio ecológico, nos conviene a nosotras y les conviene a nuestrxs hijxs, así que, si lo queremos de vuelta, debemos ser artistas del ejemplo, el apoyo y la empatía, jamás del reproche o la manipulación, que de eso ya vamos bastante sobradas.

El mito del tiempo de calidad

Este concepto tan “maravilloso” del “tiempo de calidad” que lxs ma/padres pasamos con nuetrxs hijxs me parece una trampa estupenda.

Muchas madres (y quizá también algunos padres) necesitamos que de vez en cuando algunos argumentos “bien montados” nos ayuden a quitarnos la inmensa cantidad de culpas relacionadas con la maternidad que parecen venir incluidas en el paquete del devenir madres. Uno de los más tramposos y apestosos es el del “tiempo de calidad”.

Sin duda, un nocivo invento más del patriarcado, subdivisión capitalismo, para hacernos creer que, mientras pasemos 15 minutos diarios, eso sí, ¡DE CALIDAD!, con nuestxs hijxs, no pasa absolutamente nada, todo irá de maravilla y no habrá razón para preocuparnos o sentirnos culpables de salir a hacer trabajos remunerados fuera de casa y hacer que funcione sus sistema capitalista al que, sin duda, nuestrxs hijxs le importan muy poquito (hasta que estén en edad de producir, claro!), mientras nuestra prole pasa el día quién sabe con quién, quién sabe haciendo qué y aprendiendo quién sabe qué valores, actitudes, etc. de sus cuidadorxs de turno. 

Esto no es, en absoluto, una crítica  a las madres y a los padres que eligen cualquier sistema de vida que le funcione bien a su familia y que les haga felices. Lo que estoy cuestionando es la tramposa idea del popular “tiempo de calidad” que, al parecer, “subsana” toda ausencia ma/paternal. Cuestiono la mentira que nos venden como verdad, de que no importa que pasemos poco tiempo con nuestrxs hijxs, si ese tiempo es “de calidad”.

Sin entrar en la obviedad de que, según la edad de lxs peques, este argumento del tiempo calidad será para ellxs más o menos válido (o, no), me limitaré a elucubrar razones lógicas únicamente: 

– Son “mejores” 30 minutos “de calidad”, que 2 horas “de no calidad”?

– Qué es preferible, 10 horas de ausencia total rematadas por 20 o 30 minutos “de calidad”, o 10 horas de presencia física con “ausencias” esporádicas, mamá/papá se “conecta” y “desconecta” de sus hijxs a intervalos, a lo largo de esas 10 horas (para lavar los platos, tender la cama, servirles el desayuno o platicar con una amiga)?

Y luego está la pregunta del millón: A qué llamaríamos “tiempo de calidad”? 

– Al tiempo que empleamos en cenar con nuestrxs hijxs a la vez que intentamos inculcarles “buenos modales”? 

– A sentarnos en el suelo a jugar con los cochecitos, las muñecas, los dinosaurios, etc.? 

– A sentarnos a leer historias con/para nuestrxs hijxs? 

– A enseñarles a lavarse los dientes o a bañarse “correctamente”? 

– A sentarnos junto a ellxs mientras miramos la televisión? Etc.

Como en todas las cuestiones de crianza, me parece imposible definir una receta mágica que funcione con todas las familias, todxs lxs niñxs, mamás, etc. Cada madre, cada padre encontrará, sin duda, escuchando a su instinto, la forma de pasar tiempo (a secas) con sus hijxs. Y como resulta que, al final somos humanxs, ese tiempo compartido nos dejará, a veces, un gusto de satisfacción, nos sentiremos orgullosxs de ese tiempo y actividades compartidos y otras, pues no tanto. Otras veces más, ese tiempo compartido nos dejará, crudamente, llenxs de arrepentimientos y remordimientos que, en el mejor de los casos emplearemos como guías para mejorar nuestra relación con nuestrxs hijxs.

Repito algo importante: este NO ES un juicio a las decisiones que cada madre y padre toman; esto es una crítica a un sistema tramposo y manipulador que deja a lxs niñxs al final de su lista de intereses y nos convence, a madre y padres, de que no importa que pasemos poco tiempo con ellxs porque ya podremos compensarlo con la “calidad” de ese poco tiempo que sí compartimos.

Porque, no sé ustedes pero yo prefiero que mi compañero pase conmigo todo el tiempo que sea posible (y sano para nuestra individualidad adulta) a que me dijera cada día: “me voy a trabajar 12 horas pero no te preocupes, cuando venga tendremos nuestra media hora de calidad.” O peor: “Me voy de viaje tres meses pero cuando regrese pasaremos tiempo de calidad”. Así entre adultos, conversándolo y todo, si fuese necesario, desde luego lo aceptaría (si no hay de otra!) pero eso no implicaría que me gustase. Tampoco sería garantía de que no me iba a cabrear cuando me sintiera sola con toda la carga o cuando necesitara hablarle de algo o alguien que me echara una mano. Ni que lo iba a recibir sin reproches a su vuelta, o sin una lista de quejas. Yo, adulta, que no dependo literalmente de mi compañero para mi supervivencia, prefiero que esté, que compartamos tiempo, que hagamos cosas interesantes y divertidas juntxs. Todas las que se pueda, todo el tiempo que sea posible. Ya me dirás un/a niño/a o bebé que depende de tus cuidados físicos y emocionales.

En fin, que tan ridículo y falso es este argumento de la compensación con “tiempo de calidad” tan promovido por el capitalismo que, como ya lo ha dicho mi pediatra favorito, Carlos González, seguramente jamás nos valdría para llegar con nuestrx jefe a informarle: “A partir de hoy solamente trabajaré dos horas diarias pero me pagarás por ocho, porque será tiempo de calidad”. O, sí?


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Sin siembra, no hay cosecha

 


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Me gusta creer que la crianza es mi mejor escenario para cambiar el mundo. Que es el espacio donde puedo sembrar las semillas de los frutos que quisiera estar ya cosechando, que me gustaría estar ya disfrutando. Semillas de respeto, de colaboración, de empatía, de relaciones basadas en la armonía; semillas de confianza en las propias capacidades y en lo mucho que pueden aportar a la sociedad, semillas de autovaloración que no hagan necesario el embrutecimiento de la mente, la enajenación de las personas, el adormecimiento de los cuerpos y el alejamiento del espíritu y de la naturaleza.

Me gusta creer que, a través de este trabajo, invisible en nuestra sociedad, juzgado por muchxs pero con el que se comprometen pocxs, puedo generar actitudes más sanas que hagan circular energías de armonía por nuestro doliente planeta, ayudando así un poco a su saneamiento.

Mi colaboración no se traduciría en absoluto en moldear a mis hijxs de tal forma que sean lxs ciudadanxs “perfectxs” que este mundo necesita, nada estaría más lejos de la realidad. Primero, porque son personas, no piezas de barro y, segundo, porque la labor de cambio, como siempre, empieza en primera persona. Cómo podría enseñarles el respeto si no es con el ejemplo? Y el amor a la Tierra, a los animales y las plantas? Cómo podría conseguir que confíen en su instinto, en sus corazonadas, en sus capacidades? Cómo mostrarles que la colaboración es tanto un beneficio personal como comunitario?

La realidad de MI crianza consciente es que he tenido que empezar por criarme a mí misma, por re-crearme, por re-hacerme completa desde las raíces. La verdad es que muchas actitudes que quisiera aún ni siquiera se las puedo modelar a mis hijxs; otras, no lo hago como me gustaría porque aún trabajo en vivirlas yo misma, en creerlas yo misma, en cambiarlas por nuevas actitudes y acciones que realmente quiero que aprehendan. Y esa es mi primera colaboración ecológica: re-crearme A MÍ. Y deshacerme de todos los prejuicios y perjuicios ajenos tragados a lo largo de años y años de “instrucción” (adoctrinamiento) familiar, religiosa y escolar, y recuperar los dones con los que llegué a este mundo y que, sin prisa pero sin pausa, me fueron arrancados uno a uno, hasta creer que verdaderamente los había perdido o, incluso, que nunca existieron. Y es que no hay otra manera, el trabajo comienza en mi persona. 

La crianza, esa gran infravalorada a la que todxs nos sentimos con derecho a exigirle (pero nadie le da nada, ni siquiera lo que le corresponde). Ese campo en la que todxs, experimentadxs y ajenxs estamos siempre dispuestxs a opinar. Esa eterna sujeta de juicio: mal si das, mal si niegas, mal si quitas, si pones, si dejas… Mal, mal, mal! 

La crianza, ese pequeño espacio en el que el sistema pretende meter (y mete) sus asquerosas garras para prostituirlo, para apropiarse de las mentes de nuestrxs hijxs y moldearlas a su conveniencia para convertirles en sus pequeñxs lacayxs que después trabajarán como sus policías; ese pequeño espacio que algunxs pretendemos (y, lo conseguimos en diversos grados) mantener NUESTRO y solo nuestro, por derecho propio.

Si supiéramos el poder social, político, económico que hay en el acto de criar, si no le tuviéramos miedo a re-crearnos en el acto de la crianza, si tuviéramos el valor para vivirla con consciencia y re-hacernos como personas a la vez que nos hacemos como madres/padres, tal vez la concebiríamos como la valiosa herramienta que es y nos atreveríamos a usarla y a ponerla al servicio de lxs niñxs, las madres, las familias y las comunidades. Y cambiaríamos el mundo en algunas generaciones.

Ni lástima, ni risa

De alguna manera, los machirulos no son nunca responsables de sus acciones.

Si el marido se acuesta con otra es porque esa otra es una puta, una ofrecida. O porque la esposa es ¨frígida¨.

Si el hermano 9 años mayor abusa sexualmente de la niña, es porque la niña es tonta y no dice nunca nada.

Si el esposo de aquella la golpea y la tortura, es porque ella lo permite, a lo mejor hasta le gusta.

Si cualquier imbécil que va por la calle la viola, es por la forma en que ella va vestida.

Si el compañero la mata, es porque ella se negó a ser su novia, le hubiera seguido la corriente.

Si el tiarraco es prepotente y vulgar en su trato con las mujeres, es porque una mujer así lo educó.

Si el tipo no tiene idea de preparar comida o lavar su ropa, es porque la madre nunca “lo dejó”.

Si no ejerce como padre, es porque su esposa “no se lo permite”. 

En fin, ¡que la culpa es siempre de ellas! Por una o cosa o por otra. En lo mucho y en lo poco, en lo malo y en lo peor. No importa lo que hagamos o lo que dejemos de hacer, la culpa es siempre de las mujeres.

Ellos, los machirulos, son pobrecillas víctimas de un impulso sexual que existe en su imaginación solamente, legitimado por el patriarcado para justificar los estragos causados por su envidiosa misoginia. Reducidos por una sociedad patriarcal a poco más que una bola de carne ambulante con nada más que un apéndice como guía, llevan por la vida, orgullosos, la etiqueta de estúpidos, de incompetentes, de inútiles, de incapaces de valerse por sí mismos o de pensar por su cuenta.

Se acogen a su papel de víctimas de una educación que les impide llorar cuando están tristes o relajarse un poco en materia de economía y sacan su discursito gastado a la primera oportunidad, de que el machismo les hace TANTO daño a ellos como a las mujeres. Luego, cuando una mujer les confronta o les amenaza, salen a la calle a pagarla con la primera que se encuentran a su paso y a usar los privilegios que su estatus de machirulos les otorga.

No, los machirulos no son nunca responsables de sus acciones. Y evaden su responsabilidad con estúpidas excusas imaginarias que, de tanto repetirlas, se creen incluso que son ciertas.

Es que francamente, parafraseando un poco a Serrat, si no fueran tan dañinos, nos darían risa; si no fueran tan nocivos, nos darían lastima.

Pero lo son, así que ni lástima, ni risa.

Asegurar el miedo

El otro día me topé con esta publicación en las redes:


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No me sorprende que le sorprenda a la persona que lo publicó, pues se dedica a la venta de seguros, pero, es de verdad el no pagar ese seguro, lo sorprendente?

No hablaré de lo obvio de que, si a esta persona y a sus hijxs les pasara algo (murieran, porque es un seguro de decesos), no tendría que desembolsar absolutamente nada porque, hasta donde yo sé, lxs muertxs ya no participan de transacciones financieras (salvo en algún fraudulento caso muy puntual que también se ha dado, me consta).

No voy a ahondar tampoco en el tema de las prioridades personales pues, como comenté en dicha publicación, esa es una decisión personal, nadie te puede decir a qué dar prioridad en tu vida o en la organización de tu dinero, dado que las consecuencias y aprendizajes que de ello se deriven son también muy personales. 

Tampoco recordaré que hay salarios (o, no-salarios) con los que las familias llegan duramente a fin de mes cubriendo sus gastos básicos y estrictamente necesarios, familias en las que, dudo mucho que cobre importancia este o cualquier otro seguro.  Realidades diversas.

A mí lo que verdaderamente me sorprende, siempre ha sido así, es la cantidad de seguros que a ciertas empresas se les ocurre inventar. Uno para cada miedo, claro!

Tiene usted miedo a la muerte? -Le ofrecemos nuestro seguro de vida!

Miedo a la enfermedad? -Seguro de salud!

Miedo a que le roben el coche? La bicicleta? La computadora? A que se le muera su perro? A que su hijx ensucie el sofá en casa de sus vecinxs? -Tenemos un seguro para cada uno de sus miedos! Llámenos y le asesoraremos!

Desconectadxs profundamente de nuestra esencia, nos dejamos guiar por nuestros miedos y por los ajenos, llegando a un punto (según nuestro contexto social) en el que trabajamos casi para pagar seguros. Si bien es cierto que personalmente me he beneficiado de los seguros que mi compañero contrata (ya que él creció en un contexto de estos donde se contratan un seguro para cada miedo), también es cierto que eso cuesta un dineral! Al final no sé si, cuando surge algo cuesta igual o menos pagarlo esa vez y ya, que pagar cientos de euros mensuales a compañías de seguros para que, alguna vez, cuando surja algo, posiblemente lo pague la compañía aseguradora (a veces parcialmente). Y eso que no pienso abordar el punto en el que los seguros tampoco son siempre la absoluta solución que prometen, ofreciendo en cambio, en muchas ocasiones, un motivo más de rabia y preocupación para lxs contratantes. Y ni decir de los abusos de que son objeto lxs profesionistas y prestadorxs de servicios que cobran o deberían cobrar sus honorarios a través de las compañías de seguros.

En una sociedad enferma, individualista y consumista, nos quedan los seguros. Para resolver nada o muy poco. 

Seguros. Es que el mismo nombre es un fraude! Quién puede ASEGURAR nada?

Seguro de vida para cuando muera (y nadie pueda devolverle la vida).

Seguro de salud para cuando enferme (y nadie pueda garantizarle que recuperará la salud).

Seguro universitario (para planear el destino universitario de una persona que podría elegir no ir a la universidad).

Me da la impresión de que a veces ponemos demasiada confianza en los “seguros”, que esperamos demasiado de ellos (quizá lo que la publicidad nos ha prometido) a tal punto de sentir miedo cuando no los hemos contratado. O al punto de no comprender que alguien más viva sin ese miedo terrible de todas las cosas terribles que podrían suceder, como mi abuela, mi bisabuela y mi tatarabuela, a quienes, seguramente, los seguros de cualquier cosa les tenían totalmente sin cuidado.

Recuerdo a mi nana, quien ya regresó a su estrella, ahorrando angustiada para su ataúd y su cacho de cementerio; no tocaba ese dinero. Era soltera, no tenía hijxs y tenía unos 80 años. Yo me preguntaba: “¿para qué ahorra para eso? Ella ya va a estar muerta, que se preocupen lxs que se queden!” Sin embargo ella se quedaba tranquila con su “seguro” de ataúd.

Si alguien vive más tranquilx contratando sus seguros, qué bueno! Si le compensa la relación costo-beneficio, me alegro! Como dije antes, eso es algo muy personal.

Mientras no nos convenzan de tomar pastillas para no soñar.