Corazón que no siente.


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Vivimos anestesiadxs.

¿Será que desde nuestro primer día de vida comienzan a castrarnos las sensaciones? Nos separan de nuestra madre, nos dejan llorar en una cuna obligándonos a llorar hasta que caemos dormidxs, fatigadxs de llorar sin obtener respuesta, frustradxs, heridxs. Nos alimentan cuando el reloj lo indica sin importar si tenemos hambre o no, nos niegan el alimento si nuestra hambre no está sincronizada con las horas indicadas para comer.

¿Será que desde la más tierna infancia nos dictan “no llores”, “no pidas”, “no hables”, “no te enojes”, “no grites”, “no sientas”, “no expreses”? ¿Y que se nos penaliza toda expresión emocional, en lugar de ayudarnos a gestionarala?

Y después vamos construyendo corazas que nos ayuden a sobrevivir en un mundo tan distinto del  uterino, donde automáticamente se satisfacían nuestras necesidades básicas, donde podíamos simple y sencillamente ser, sentir.

Y al crecer nos convertimos en nuestrxs propixs jueces, nos negamos todo aquello que aprendimos que no es aceptable, plausible, o tolerable. Nos negamos el sentir, el pensar, el pedir, el expresar.

En casa preparan exitosamente el camino para una escuela igualmente castrante y dictatorial, siempre con ayuda de la iglesia. Y doce o más años de escuela nos preparan a su vez para las multinacionales, para el estado, para el aplastante sistema capitalista heteropatriarcal dominante, para vivir sin salirnos del renglón.

Y así es como después formamos nuevas familias, como lastimados bebés-adultos incapaces de sentir o pensar por nuestra cuenta, repitiendo patrones tóxicos heredados de nuestros ancestrxs y que, celosamente repetimos para crear una tóxica herencia que, actualizaciones más, actualizaciones menos, pase de generación en generación.

Así, con esa incapacidad para sentir-nos, para conectar con nuestra propia emoción y, desde luego, con la emoción ajena, salimos a la escuela, a nuestros trabajos, a nuestras tareas cotidianas. Así vivimos.

Y, llegado el momento, reaccionamos al dolor de lxs demás únicamente ante las más desgarradoras imagenes en las que (por lo menos) vemos algo de nosotrxs mismxs que nos ayuda a recuperar nuestrxo Yo-sintiente.

O ni siquiera eso, porque hay quien, atrincheradx en su miedo (bien nutrido por el sistema), es incapaz de conectar con la vivencia dolorosa de lxs demás.

Y hay también quien se queda atrapadx en su propio dolor de no recibir la atención que su prójimo sí está recibiendo. “¡Es tan injusto! ¿Por qué consuelan a lxs demás, si yo también estoy sufriendo?”

Están también lxs que prefieren la negación y pelearan amistosamente o no, porque no les muestren la realidad que ellxs no quieren ver ni de reojo porque así es más seguro no generar sentimientos, no suscitar emociones.

Vivimos anestesiadxs.

Nuestras sensaciones, nuestras emociones, ¡nos resultan tan ajenas! 

Y no lo cuestionamos, no trabajamos ese aspecto nuestro. La mayoría de las veces, aún sin quererlo, simplemente repetimos pautas. Pautas nocivas, patrones que sirven a un sistema al que el ser humano le importa muy poquito, hábitos, conductas y actitudes que minan nuestro potencial.

Y, con demasiada frecuencia, resultado de esas pautas, surgen Hitlers, Francos, Salinas, Huseins y Chávez. Y surgen lxs protagonistas de las incontables notas rojas que cada día llenan los diarios. Y vamos por ahí con las emociones tan heridas, tan inmaduras, tan erróneamente encauzadas, ¡tan dormidas! que ni siquiera nos imaginamos que una cosa tenga que ver con la otra.

Ana Matricia

Publicado por Ana

Mujer, hija, esposa, madre, hermana, madrina, sobrina, amiga, aprendiz, caminante. Me encanta dibujar, cocinar, danzar, viajar, leer, cantar. Estreno ahora mi nueva faceta de bloggera con fines terapéuticos.

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